miércoles, 23 de febrero de 2011

El almacén de las cosas perdidas

En la calle Pedernera había un almacén en el que se vendían objetos
perdidos. Con el mayor apuro habrá que decir que únicamente podía
comprarlos la persona que los había extraviado. Esta restricción, lejos de ser
un estorbo para los comerciantes, constituía el secreto de su
prosperidad. Una foto, una muñeca, una carta, una bolita o un dibujo infantil
costaban pequeñas fortunas.
El poeta Jorge Allen visitó algunas veces el negocio buscando una vieja
camiseta de fútbol. No tuvo suerte. Los dueños le informaron
amablemente que ellos sólo vendían una pequeña parte de las cosas perdidas.
-En verdad, la mayoría de los objetos se pierden para siempre -
confesaron.
-Es preferible que así sea - explicaba el cajero -. Un mundo en el que
nada se perdiera sería un mundo sin amor y sin arte.
Ciertos maledicentes pensaban que el comercio no era sino un refugio
de ladrones y reducidores, acusación que nunca fue comprobada.
Un día, los dueños vendieron el almacén a unas personas que juraban
haberlo perdido. Ahora funciona allí una pizzería.


Alejandro Dolina, Crónicas del Ángel Gris

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